Önder Özden escribió: ¿Por qué los pobres no nos matan?

Hace poco me encontré con una publicación en línea sobre la India, de marcado carácter nacionalista. El artículo estaba plagado de contradicciones. Por un lado, el autor argumentaba que todos los habitantes de Turquía deberían llamarse "turcos" y que un término como "Türkiyeli" nunca debería usarse. Exigía una unidad absoluta a través de la identidad nacional. Por otro lado, afirmaba que los indios no se estaban integrando en los países en los que vivían, retratándolos con los clichés más crudos: su comida huele mal, son demasiado orgullosos, consideran a la gente como ciudadanos de segunda clase...
La paradoja es clara: el nacionalismo exige una clara diferencia —«somos turcos, no somos otros»— y, al mismo tiempo, afirma que «nosotros» somos los que mejor nos integramos en el extranjero. La contradictoria danza de la exclusión y la inclusión… Fue mientras contemplaba este panorama contradictorio que me topé con el extraño libro de Manu Joseph: Por qué los pobres no nos matan.
Joseph es un reconocido novelista y comentarista en India. Su libro no es un estudio académico, sino que se compone de anécdotas y observaciones. El autor a menudo recurre a la salida fácil, criticando una "cultura progresista" vagamente definida. Sin embargo, el título permanece: ¿Por qué los pobres, en un país como India, no viven con una desigualdad tan profunda y eliminan violentamente a los ricos?
Escribiendo desde la perspectiva del "nosotros" frente a los pobres, Joseph sugiere diferentes respuestas. Una es el miedo: las instituciones penales de la India son brutales, y la gente conoce el precio de la violencia que enfrentan. Pero hay otra perspectiva más interesante que merece mayor reflexión. Para él, el desorden de la India —su tráfico caótico, sus calles sucias, su ruido— crea un sentido de pertenencia en los pobres. La ciudad no los excluye; al contrario, su caos refleja sus vidas. Los pobres se sienten como en casa en este desorden, con un sentido de pertenencia.
Hay un extraño consuelo aquí: la disfunción, el caos, actúa como un amortiguador. Como nada es ordenado, nadie se siente completamente excluido. La observación de Joseph sugiere que el caos cotidiano, en lugar de alienar, genera pertenencia.
Pero tal vez la pregunta deba trasladarse más allá de un contexto que evoca el uso de la violencia individual: ¿por qué los pobres no intentan cambiar su propia situación actuando juntos, dentro de un marco político, de manera radical, en lugar de atacar a los ricos individualmente?
Esta fue, de hecho, la pregunta que Marx planteó: ¿qué impide a la clase obrera revolucionar? La respuesta de Marx fue la ideología. La clase dominante impone su cosmovisión como universal, para que los trabajadores vean sus condiciones como naturales, no injustas. Pensadores posteriores, combinando las ideas de Marx sobre el inconsciente con las de Freud, argumentaron que no son solo las presiones externas, sino también los deseos y miedos inconscientes, los que mantienen a los pobres en la pasividad.
Este marco, a pesar de todos sus aspectos problemáticos, invita a reexaminar la observación de Joseph, al señalar la cuestión más allá de lo económico: el caos y el ritmo cotidianos de la vida exigen que la pobreza se sitúe en un contexto social y moral específico. En otras palabras, la propia esencia de la vida —atascos, retrasos, suciedad, esperas constantes— revela que la pobreza no puede reducirse a una cuestión puramente económica.

Pero la mediocridad no es neutral ni estable. A veces genera generosidad y paciencia, a veces desconfianza y engaño. Cambia constantemente, ni es completamente buena ni completamente mala. Lo importante es que conecta a las personas. En este vínculo, la aceptación y la solidaridad coexisten.
Desde esta perspectiva, la pobreza no es solo una condición económica. Por supuesto, las estadísticas, los niveles de ingresos y los patrones de consumo son importantes. Pero la pobreza también es una condición cultural y social; está entrelazada con hábitos, deseos y valores.
El turco capta esta rica dimensión. Durante siglos, ser pobre no solo significaba alguien sin dinero. Poseía una dimensión espiritual. Ser pobre significaba alejarse de las riquezas mundanas y acercarse a Dios. La pobreza no era una desgracia, sino una exaltación, incluso una virtud.
Claro que, en la época moderna, bajo la lógica capitalista de productividad y riqueza, los pobres han sido despojados de esta "nobleza". Hoy, como es bien sabido, se ven reducidos a una categoría económica plana, a menudo sujetos a la condena moral: pereza, indignidad...
Sin embargo, su significado más antiguo nos recuerda que la pobreza no es solo cuestión de privación, sino también de valores, perspectivas morales y estilos de vida. Este significado más amplio complica la pregunta: "¿Por qué no se rebelan los pobres?". Nos dice que la pobreza no es solo cuestión de carencia, sino también de cierto exceso.
Creo que esta perspectiva es particularmente importante en la Turquía actual. El país atraviesa una grave crisis económica y los pobres tienen dificultades para vivir a diario. Las encuestas de opinión pública confirman que las dificultades económicas son una preocupación primordial. Pero la economía por sí sola no puede explicar el comportamiento político, los sueños y las aspiraciones de la gente.
Si la cuestión fuera simplemente de supervivencia, la oposición habría sido mucho más fuerte. Pero la composición de las manifestaciones parece contar una historia diferente. La participación y la acción callejera nos indican que hay algo más en la agenda de la gente que va más allá del simple sustento. Demuestran el poder motivador de una cuestión más profunda: la justicia.
Junto a las dificultades de la subsistencia, la ausencia de justicia nos recuerda el "exceso" que afecta a los pobres y la capacidad de transformar esa misma ausencia. En los tribunales, en la política y en la vida cotidiana, la falta de justicia se convierte en una preocupación común. Esta injusticia es el hilo conductor que une estas diversas quejas.
Todo esto nos recuerda el exceso olvidado de la palabra turca «fakir», su tema «divino»: la pobreza no puede explicarse únicamente por la economía o la estadística. Es un fenómeno cultural, social y moral, y su naturaleza política se deriva de este exceso; recurrir a la estadística y la economía es reducirla a la nada y la pobreza.
Si los pobres han de transformar el mundo, esto irá más allá de la mera transformación material; también implicará demandas de justicia, para que sea posible hablar más allá del lenguaje de la pobreza. La justicia es lo que transforma la aceptación en resistencia; es lo que transforma la paciencia cotidiana en acción política.
Entonces, ¿por qué no nos matan los pobres? Porque el problema no es la lucha, la violencia personal ni una distinción difusa entre «los pobres y nosotros». Aunque la textura de la vida cotidiana crea de alguna manera cierta conexión, la pobreza no es solo privación, sino también un estado de pertenencia, que a veces equivale a la «nobleza».
Cuando prevalece la injusticia, cuando el problema se politiza, la misma cotidianidad que fomenta la aceptación también puede transformarse en solidaridad. La pobreza no es solo una deficiencia; lleva consigo las semillas de la transformación, junto con sus profundidades culturales y espirituales.
Por lo tanto, en lugar de reducir la pobreza a la pobreza del lenguaje económico, debemos insistir en una comprensión política que revele su excedente, el resplandor del toque divino. Quizás solo así sea posible unir las matemáticas y la teología.
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